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Sábado, 25 de noviembre del 2017
A Dios sea la gloria.

Samuel Ochoa

Las nuevas crónicas del ciudadano regular LXVII

2017-07-20 - Samuel Ochoa

Siempre me ha gustado mucho la historia, por eso de que dicen que para no repetir los mismos errores del pasado, es necesario conocerlos. Lo mismo ocurre en un ámbito muy personal, pues a mi parecer tendemos a repetir conductas heredadas, aplicadas a un contexto actual, pero muy similares y casi involuntarias, porque aunque la personalidad sea algo que se desarrolle de manera independiente a la genética, por alguna extraña razón nos vemos haciendo las mismas cosas que nuestros padres sin si quiera darnos cuenta.


Ya les había contado antes lo que me ocurre a mí, con eso de que trato de no ser así a pesar de sentir ese impulso, pues mi papá siempre ha sido una persona poco sociable, que prefiere la soledad y la tranquilidad, incluso llegando a ser hasta un poco molesto, pero todo porque como mencionaba antes, no disfruta de la compañía de otras personas.

No es el primero ni el último que vive de esa forma, pero me causa un poco de temor porque hay ocasiones en que, sin pensarlo mucho, me veo disfrutando de esos momentos de soledad, en que nadie me habla ni me necesita.

Recuerdo una ocasión que platicaba con mi mamá y ella me contó que mi padre tenía ese loco sueño de irse a vivir a un lugar alejado, un monte o una cueva, solo acompañado de sus libros y un poco de ropa, desde donde pudiera bajar cada cierto tiempo a conseguir provisiones, pero solo en periodos breves, para que el resto del tiempo pudiera mantener un estilo tipo ermitaño, alejado de todo y de todos, sin más conexiones con el mundo real que las que lo acompañaran en ese momento. Digo loca idea porque yo no concibo alejarme de todas las comodidades que ofrece la sociedad moderna, pero en cierto modo entiendo ese punto.

No es como que lo desee, o eso creo, pero no puedo explicar porque no me parece tan desagradable esa versión de vida. Me imagino en esa misma situación y casi creo que no me lo pasaría tan mal, es más, hasta creo que disfrutaría de esa soledad.

Suena rudo, pero debo ser sincero. Amo a mi familia y aprecio mucho a mis amistades, pero hay ocasiones en que me encantaría desconectarme de todo, desaparecer y volver al rato sin que nada hubiera pasado, total que no le sucedería al mundo si yo me voy, de eso soy muy consciente. Nadie tiene la culpa de que yo sea así, o tal vez un poco mi papá por heredarme su personalidad huraña, y es quizá mi manera de justificar que la mayor parte de las veces preferiría no estar a tener que hacer frente a todos conflictos sociales que forman parte de la vida diaria, muchas veces innecesariamente molestos, pero naturales por la misma manera de ser de los humanos, que no pueden estar de acuerdo en más de dos cosas a la vez de manera simultánea.

Pero luego recuerdo que por cada momento incómodo hay muchas alegrías, que todos esos recuerdos y sentimientos más bellos de la vida se producen precisamente en compañía de otros, porque no sirve de nada la felicidad si no tienes con quien compartirla. Es casi como esa filosofía del árbol que cae en el bosque vacío.

Por eso muchas veces estoy luchando contra esos impulsos, haciendo un doble esfuerzo por ser alguien agradable y porque genuinamente me preocupo porque los demás estén bien. Esa sería quizá la razón más grande de que no me volviera yo un ermitaño autoexiliado, que no podría encontrar paz mental sin saber qué ocurre con la gente por la que me preocupo todos los días, porque aunque ustedes no lo crean, en verdad me importan los demás.

Yo lo decía hace un momento, no soy indispensable para el accionar del mundo, pero trato de poner de mi parte para que las piezas encajen en su lugar y nada se salga de control, aunque tampoco nada de eso sea directamente mi responsabilidad. Eso y que me he vuelto casi un adicto a la Internet y la comida procesada, que creo no sobreviviría más de un par de días perdido ahí en la naturaleza salvaje.

Muchas ocasiones para combatir ese impulso de locura me pongo a escuchar música, Mocedades o El Consorcio para ser exacto, así revivo otra de mis herencias que me causa paz como esa necesidad de estar solo. El resto del tiempo me funciona pretender, porque también entiendo muy bien que mis problemas no son culpa de nadie más, por tanto no tienen por qué cargar con ellos y mucho menos verse afectados por mi actitud que sale de esto, les digo que sí me preocupo por otras personas también.

En fin, si otras personas pueden ignorar a sus demonios, ¿por qué yo no iba a poder?

Es todo por esta semana, les agradezco de nuevo su lectura, si ya llegaron hasta aquí, y que me sigan acompañando, así como sus comentarios y sugerencias que sigo recibiendo en mis redes sociales y en mi correo electrónico samuel.ochoa@elpueblo.com

Se despide el ciudadano regular.

 




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