Valores: libertad, justicia, honestidad y transparencia.
Miércoles, 23 de agosto del 2017
A Dios sea la gloria.

Samuel Ochoa

Las nuevas crónicas del ciudadano regular LVII

2017-05-11 - Samuel Ochoa

Mi padre siempre fue un hombre muy pragmático, mi mamá decía que más bien era perezoso para pensar y hasta un poco tacaño, pero lo cierto es que basaba sus decisiones en un método de “prueba y error” que yo no comprendí hasta sino mucho después.


Era la clase de personas que no le importaba comprar cosas de segunda mano, o que no fueran de alguna marca confiable, sin importar si tenía el dinero para pagarlo, pues realmente nunca le hizo falta y aun así era de las personas que se preocupaba mucho por ahorrar.

Recuerdo que por ello yo usé mucho tiempo tenis y zapatos de los que venían en los mercados, esos que en aquellos tiempos valían alrededor de 100 pesos y que casi eran desechables, pues al cabo de uno o dos meses de uso sus componentes “biodegradables” empezaban a desintegrarse por sí solos, o bueno, era yo un niño y en ese uso normal los gastaba tanto que empezaban a tener agujeros en la suela.

Hasta eso, nunca me dejaron andar con mis zapatos rotos, mi madre los tiraba sin que yo me diera cuenta y me llevaban a comprar nuevos, claro que otra vez del mismo mercado pero calzado nuevo a fin de cuentas. Así que cada dos meses estaba yo estrenando nuevo modelo.

Decía mi papá que para un niño siempre será mejor estar estrenando así, que tener un par de tenis buenos, de marca, que se seguirán viendo viejos por muy resistentes que sean al uso, porque el gasto que les da uno de pequeño es tal que sin importar el material, se nota que no los compraste ayer.

Y no es que yo me preocupara mucho por las apariencias, la verdad es que en esa infancia humilde que tuve estaba más enfocado en pasármela bien con mis amigos, sacar buenas calificaciones y causarles la menor cantidad posible de disgustos a mis padres.

Tuve la oportunidad de que me compraran mis primeros tenis de marca cuando tenía 13 años, costaron 900 pesos, tiempo después de la última vez que vi a mi padre, y debo decir que aunque me preocupaba por limpiarlos y tratar de cuidarlos, tenía razón en eso de que si bien no se desgastaban tanto como los que me compraban en el mercado, al paso del tiempo se veían como tenis viejos, y la marca era lo último que lucía en esos casos.

A mis 16 años me compré mis propios zapatos, con dinero que había ganado en el verano que fui “chalán” de mi hermano en los Estados Unidos, y creo que ahí entendí más eso de cuidar las cosas porque te costaron, pero también supe darme ese gusto que antes no había podido.

Ahora que soy adulto, tengo calzado que me ha durado hasta 10 años, porque obviamente el gasto que les doy aun cuando camino mucho todos los días, es muy diferente en comparación al de mi infancia; me atrevo a decir que incluso esos zapatos del mercado podrían durar tanto como los de marca, pero claro que ahora pues sí me preocupa un poco más eso de la legalidad de las compras, las garantías, entre otros aspectos que cuentan mucho cuando tú te ocupas solo de tus cuentas.

En cierto modo entiendo ese pragmatismo de mi papá. Él decía que era mejor gastarse el dinero en cosas que te duraran para toda la vida, como son el conocimiento, las experiencias y los recuerdos.

Tampoco es como que nos llevara a recorrer el mundo, ni que fuera el mejor de los maestros, pero su filosofía era interesante, de no ser porque sí era un poco tacaño, como decía mi mamá.

Dije que comprendo, no que comparta sus ideas. En el caso del dinero lo único que hay que tener muy claro es que tiene un solo uso, gastarse, pero tampoco debes disponer de más del que puedes generar, y que no siempre tendrás la capacidad de generar dinero, así que no es mala idea querer guardar un poco para el futuro, porque al final de cuentas en ese “gasto” están las necesidades básicas para sobrevivir en la sociedad moderna.

Podemos no necesitar esos tenis carísimos y de marca que venden en esa tienda departamental, ni tampoco esas vacaciones en Europa o ese choche último modelo, pero si está en nuestras posibilidades y llena una necesidad emocional en nosotros, ¿entonces por qué limitarse? Esa idea es la que no cabía en el pragmatismo que mencionaba antes.

Sé que si algún día llego a tener hijos no voy a aplicar ese mismo método, pero sí habré de buscar que eviten ese apego a lo material y le den tanta importancia a una marca o un precio, como parece que le daba yo en mi juventud; en este caso se puede aplicar un pragmatismo distinto, en si te hace feliz y qué tanto te puede servir en el futuro. Si no funciona, más vale que encuentre un trabajo que me permita pagarles sus caprichos caros a mis descendientes.

Aunque eso sí, dudo que esos tenis originales me hubieran hecho más feliz, pero sí nos habrían evitado tantos viajes al mercado, los cuales hacíamos en transporte público durante la tarde, cuando todos lados estaban más llenos de gente. Eso sí me hubiera causado felicidad.

Es todo por ahora, un último consejo, de preferencia no compren nada pirata, es mucho lo que le cuesta a la economía, a pesar de los empleos que genera ese comercio informal.

Los sigo leyendo en mis redes sociales @rockydriller y en mi correo electrónico de siempre, que es samuel.ochoa@elpueblo.com en donde recibo sus comentarios, dudas, sugerencias o lo que me quieran decir.

Se despide de nuevo el ciudadano regular. 




Comenta con tu cuenta de Facebook