Valores: libertad, justicia, honestidad y transparencia.
Miércoles, 24 de mayo del 2017
A Dios sea la gloria.

Samuel Ochoa

Las nuevas crónicas del ciudadano regular LVI

2017-05-03 - Samuel Ochoa

La primera impresión es la que cuenta, lo he escuchado muchas veces, y teniendo en cuenta esa premisa y lo mucho que nos preocupa la imagen que proyectamos hacia los demás, especialmente aquellas personas que más nos importan, en ocasiones solemos pretender un poco más de lo que nos gustaría, lo que más tarde te obliga a dos cosas; la primera es seguir en esa pretensión y la segunda es aceptar lo que eres, que muchas veces es lo más difícil pero también lo más sensato.


Por eso debe uno ser muy cuidadoso con lo que quiere demostrar y en especial saber si estarás dispuesto a mantenerlo, es decir si el cambio te conviene o es mejor mostrarse al natural desde el inicio, con todas las implicaciones que eso signifique.

Eso me pasó a mí hace algunos años, cuando empezaba a salir con una chica con la cual las cosas se empezaron a poner serias, así que en una ocasión y tras sentirse con suficiente confianza hacia mí, decidió invitarme a una de sus reuniones familiares, a la cual me advirtió que estarían presentes los más cercanos e importantes para ella en ese momento de su vida.

La situación se veía intensa, así que como mi preocupación era dar una muy buena impresión y que las cosas siguieran bien entre esta chica y yo, decidí prepararme para este encuentro y buscar dar una buena imagen que convenciera a la familia de que yo era el indicado, porque uno nunca sabe si ellos tarde o temprano terminan siendo tu familia también.

Naturalmente hablé con mi madre, le expuse mis inquietudes y me recomendó vestir elegante aunque no exagerado, total que era una reunión vespertina en su casa, no en un salón de fiestas ni nada que requiriera etiqueta; que llegara temprano y que fuera muy atento, muy acomedido y que en especial no me mostrara nervioso, pero tampoco demasiado relajado para que no fueran a pensar que yo me estaba pasando de confianza.

Ahora que lo pienso, suena mucho más complicado de lo que fue.

Entonces busqué algunas de mis mejores prendas, mi pantalón color hueso de vestir, zapatos negros de los nuevos, recién boleados y limpios, una camisa negra muy brillante con botones con orillas blancas, estuve a punto de usar corbata incluso aunque algo me dijo que tal vez era demasiado, un peinado distinto, loción de esa que te regalan en el cumpleaños y que solo usas en los eventos más importantes, y hasta me quité varia de mis pulseras que le restaban formalidad a mi atuendo. Hasta me fajé la camisa para no errar a mi “look”.

Claro que mi mamá me ayudó a planchar la ropa, me bañé y alisté con mucha anticipación y casi ni quería moverme antes de irme a su casa, con tal de que no se me arruinara el atuendo. De hecho esa ocasión pedí que me llevaran, no fuera a ser que me ensuciaba en el transporte público y como mi pantalón era de color claro, pues qué pena, ¿qué iba a hacer?

Lo reconozco, me puse nervioso, en especial porque no sabía qué esperarme y porque esa reunión no era una simple fiesta familiar, sino una tradición que llevaba varios años con ellos, ya que se organizaban cada mes para verse en una casa diferente, y pues que me incluyeran ahí no era cualquier cosa.

Cuando llegué a la casa, mi entonces novia me abrió la puerta y casi creo que se aguantó la risa de verme así vestido, pero igual me pasó y me reconoció que había llegado temprano. Le pregunté si estaba bien así con esa ropa y ella se limitó a decir que sí, pero que no me preocupara, que ahorita llegaba más gente.

Creo que a estas alturas no hace falta explicar que sí exageré bastante. La reunión en cuestión sí era una tradición, pero no se trataba de ningún ritual ni nada parecido, sino fiestas familiares en que todos llegaban con comida y con ganas de pasar un rato agradable, donde platicaban, bebían y hasta cantaban, pero no se andaban fijando en qué usaban los demás ni si se portaban “de etiqueta o no”.

Por si fuera poco estaba lleno de niños y jóvenes, y como mi cita era una de las que todavía encajaba en ese círculo por sus cortos 17 años, pues yo no podía separarme para ir “con los adultos”, sino que también estuve entre ellos, debiendo jugar y correr para ser parte de las dinámicas. Por eso los zapatos fueron una mala idea.

Ya más en confianza me dijeron que no tenía de qué preocuparme, que a ellos les importaba que yo tratara bien a mi novia y que con eso bastaría para agradarles, así que en cierta forma la ropa que llevara puesta ese día iba a ser irrelevante de cualquier manera.

Claro, a menos que hubiera llegado vestido como cholo de los años 90s, como “drag queen” o con algo así estrafalario, entonces dudo que mi apariencia hubiera sido irrelevante, pero eso es algo que nunca ha ido conmigo.

Estoy seguro que hoy en día la Señora de Regular no se acuerda de esa anécdota, pero coincide conmigo de que esa primera impresión no fue la que hizo que su familia me apreciara, sino el trato que a lo largo de los años se fue forjando y que hoy en día, a pesar de que esa tradición ha cambiado algo desde entonces, me hace ser alguien importante y a quien consideran para estos encuentros.

Lo que vale después de todo es ser natural, porque eso se nota al momento de convivir. Sé que no para todos es sencillo, pero el truco está en aceptarlo y saber cómo expresarlo, entonces estarás bien sin importar el ambiente en el que te desenvuelvas.

Por cierto que hace años que no me pongo esa camisa brillosa, es probable que ya no me cierre.

Espero que no sean tan nerviosos como yo y que las primeras impresiones no se les dificulten tanto como a mí, ¿o cómo hacen ustedes para prepararse para ese tipo de momentos?

Los leo en mi correo electrónico samuel.ochoa@elpueblo.com y en mis redes sociales @rockydriller en Twitter y FB/smloc para quien quiera contactarme y darme sus comentarios, dudas, sugerencias o cualquier cosa, estaré gustoso de platicar.

Hasta aquí esta semana, se despide el ciudadano regular. 




Comenta con tu cuenta de Facebook