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Sábado, 19 de agosto del 2017
A Dios sea la gloria.

Samuel Ochoa

Las nuevas crónicas del ciudadano regular XLV

2017-02-13 - Samuel Ochoa

¿Cómo puede uno estar 100% seguro de lo que otra persona piensa o siente? Simple, no lo estás, a menos que tuvieras alguna capacidad sobrehumana, que hasta ahora no ha sido descubierta, para leer mentes y entender sentimientos, en caso contrario solo queda confiar.


De hecho es lo más fácil, solemos confiar ciegamente cuando creemos tener un nivel de conocimiento más o menos adecuado acerca de alguien, creyendo que nos podemos adelantar a sus movimientos, pero la realidad es que no necesariamente tiene que ser así y la persona en cuestión puede estar pretendiendo solo para quedar bien, pero esa es otra característica del ser humano que nos ha distinguido desde siempre.

Por eso resulta tan complicado saber si una persona finge o “es falsa”, como luego dicen muchos. Lo he escuchado muchas veces para ser sincero, eso de que alguien pretende o cambia según el ambiente. Bueno, si lo pensamos en realidad todos lo hacemos, o hay muy pocos casos de gente que funciona igual en cualquiera que sea el entorno en el que se ve envuelto.

No me estoy quejando ni proyectando, al contrario, trato de comprender al igual que muchos el porqué de esa naturaleza humana. Para eso me gustaría poner un ejemplo de la vida real que pasó no hace mucho con alguien cercano, ya saben, sin mencionar nombres para evitar el daño moral.

Resulta que un conocido de un familiar, para no hacer muy larga la cadena de relación, era una de las personas que más estimaban en su familia política, no solo por su buen humor, carácter y actitud hacia los retos que le presentaba la vida, sino porque siempre había aparentado ser un “luchador”, de esos que le echan muchas ganas a todo lo que se les pone en frente para salir adelante, sin importar lo difícil que sea o lo limitado que él pudiera estar.

Como cualquier otra persona, contaba con sus defectos, mínimos al parecer, como cualquier hombre promedio podría tenerlos, pero de ahí en más no tenía nada que se le cuestionara o que pudiera motivar a terceros a sentir algún tipo de molestia o desprecio hacia él.

Es muy extraña la forma de operar de la vida, o del karma si quieren pensar que fue eso, pero un día todo se vino abajo luego de que por un error involuntario, del que él mismo incluso no pudo dar una explicación, se descubrió que esta persona tenía su lado turbio, a lo que él señalaba como una condición psicológica con la cual toda su familia había lidiado desde siempre.

Para no hacer muy extensa la historia, alguien observó el historial de movimientos de su tarjeta de crédito, apareció un retiro en efectivo un tanto alto ocurrido una noche de un día entre semana que pareciera no tener relevancia, pero dado el momento y la situación económica, no tenía lógica que lo hubiera hecho, así que una cosa llevó a otra y de repente él se veía confesando una infidelidad, que no era la primera y que no podía asegurar que fuera la última, porque señalaba que era algo mental y no que hiciera porque así lo deseara.

Una doble vida, como luego dicen muchos, que cambió la forma de verlo de la mayoría de la gente cercana a él, quienes nunca se imaginaron que pasara por su cabeza todo eso, ni siquiera a las personas que buscaba para atender sus necesidades. Pero su fachada jamás indicó eso, es más, el simple hecho de suponer la idea parecía algo ridículo, pero ya vimos que no.

Siempre será muy difícil descubrir todo lo que pasa dentro de la cabeza de alguien, incluso uno mismo a veces no sabe distinguir lo que siente, lo que piensa o incluso lo que quiere. No tenemos las respuestas de todo y para eso estamos vivos, para descubrirlo.

Claro que hay algunas circunstancias especiales donde resulta mucho más sano, no solo para la persona sino para su entorno, mantener esa parte resguardada con discreción, sin que eso implique necesariamente negar lo que eres. Al respecto puedo señalar un caso que leí no hace mucho de un hombre que confesaba ser pedófilo, pero que nunca en su vida había dañado ni pensaba hacerle algo a un menor de edad, pero que eran sentimientos que tenía y que se había cansado de ocultar, pidiendo no necesariamente comprensión pero sí sacándose ese terrible peso de encima, porque a veces tu propia conciencia puede ser tu peor enemigo.

Es bueno mantener ese equilibrio, pero también hay que buscar ser auténticos. No se puede pretender siempre solo con tal de encajar en algún lugar o grupo, tarde o temprano nuestra realidad nos alcanza y nos expulsa de forma violenta de esa zona de aparente confort, por ello es mejor llegar con la verdad desde el principio, o una parte de ella para que no tengas que crear esa fachada de doble vida que después tú mismo te encargas de derribar.

Por eso ni uno dice todo lo que piensa, ni tampoco se guarda todo lo que siente. Ante todo también es bueno recordar que uno no está solo en todo esto y que así con esa misma incógnita, de si vas a recibir una verdad recíproca cuando empieces a decir la propia, es necesario tener confianza y de vez en cuando cerrar los ojos, para que la carga empiece a liberarse poco a poco.

Es difícil, pero para eso existen psicólogos, si es que uno cree no tener a esa persona de confianza con quien destaparse.

Les recomiendo que hagan esa valoración personal, yo lo hago a menudo y me ayuda a estar en paz conmigo. Pero por ahora es todo, les agradezco mucho su lectura y sus comentarios, los sigo leyendo en @rockydriller y en samuel.ochoa@elpueblo.com en donde también recibo críticas y sugerencias.

Se despide el ciudadano regular. 




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