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Lunes, 23 de octubre del 2017
A Dios sea la gloria.

Samuel Ochoa

Las nuevas crónicas del ciudadano regular XLI

2017-01-09 - Samuel Ochoa

Aunque no lo parezca y a pesar de que mi vida era mucho menos complicada hace 10 años, en aquellos entonces solía ser una persona mucho más quejumbrosa de lo que soy actualmente, pero por fortuna yo solo agarré la onda y cambié esa actitud, porque vamos, si de por sí ahora luzco más viejo de lo que soy, sería mucho peor de haber acumulado tantas rabietas sin sentido.


Todo a raíz de un día particular, no hubo un motivo en específico ni nada pero creo que tuve una especie de “autodescubrimiento” y la necesidad de probar que podía con un pequeño reto, por más insignificante que pareciera.

Creo que sería bueno poner en contexto las cosas, en aquel tiempo yo aún estudiaba en el bachillerato, vivía con mis padres, era soltero y no tenía obligaciones financieras ni mayores preocupaciones que sacar buenas calificaciones, llegar completo cada día al hogar y pasármela bien con mis amigos.

¿De qué podía quejarme entonces? De todo, así era yo, me molestaba que las cosas no salieran como yo quería, no poder ir a todos los lados que me placiera, no ganar en los videojuegos, tener que levantarme temprano de lunes a viernes, ver a mis equipos favoritos perder en sus respectivas ligas y muchas otras insignificancias que solo hacían que me salieran más canas.

Así que un día, sin necesidad que nadie me dijera nada, pensé que tal vez estaba quejándome demasiado, analicé mis circunstancias y creía que igual tenía razón, pero que no estaría mal probar qué sucedería si me lo tomaba con más calma y con una actitud distinta, así que me propuse el reto de que por un día completo, las 18 o 19 horas que permaneciera despierto, no me quejaría ni una sola vez, sin importar lo que ocurriera y si era culpa mía o no.

Parecía muy sencillo aunque ese día fue particular.

Fue un martes, lo recuerdo bien. Me desperté como era usual alrededor de las 7 de la mañana para desayunar y alistarme para ir a la escuela, pero llegué tarde porque hubo un problema mecánico con el coche de mis padres y el traslado tomó un poco más de lo habitual, sin embargo me lo tomé con calma y llegué corriendo al salón de clases, que se ubicaba en el segundo piso de uno de los edificios en el plantel.

El día fue bastante normal, hasta aburrido incluso y de esas ocasiones en que por cualquier razón no salimos poco antes, sino en punto y hasta un poco más tarde debido a que el maestro no terminó la lección, pero igual me aguanté y me ahorré los comentarios aun cuando el resto de mis compañeros dijo más de una cosa por tener que quedarse después de la hora.

Al salir de la escuela me dirigí a tomar el autobús de regreso a casa, pero debí esperar más de lo acostumbrado debido a que había más gente en las paradas y el primero que llegó no lo pude abordar, a consecuencia de lo mismo lleno que iba y que no hubo espacio para que yo subiera. El siguiente camión venía igual, pero logré colarme en la parte delantera, de pie y agarrado de las barras en el techo.

A pesar de que estuve a punto de caer en más de una ocasión debido a la agresiva forma de conducir del camionero, me seguí ahorrando mis comentarios, incluso cuando este no se detuvo cuando yo le hice la parada y me hizo caminar algunas calles adicionales de regreso a casa, pero eso no aminoró mi ánimo.

Tampoco el hecho de que llegué a mi casa y no había nadie, por tanto no había comida y no traía dinero para comprar algo, así que la única alternativa era ver lo que encontraba dentro del refrigerador y que estuviera al alcance de mis conocimientos culinarios, es decir terminé comiendo un sándwich de jamón con queso, casi sin mayonesa porque había muy poca y con pan que no estaba tan fresco, pero igual no sabía tan mal.

Menos me echó a perder el plan el que estuviera sonando el teléfono de manera frecuente, aun cuando intenté tomar una siesta vespertina, la mayoría de esas llamadas eran solo para recordar que había pagos pendientes de las tarjetas de crédito de mi madre, y reconozco que esa parte fue un poco más complicada para ese joven impaciente que era a los 16 años,

Conservé la calma a pesar del regaño de mis padres por no haberme puesto a recoger durante su ausencia, o de que mi hermana me pidiera ver con ella Madagascar por vigésima novena ocasión, ni de que ninguno de mis amigos estuviera disponible por la tarde, cuando yo quería salir.

Fue un poco más difícil por la noche, al recordar que tenía tarea que no había hecho y por tanto debía desvelarme un poco, de forma discreta si quería evitar otro regaño, y también resultó un tanto complicado no quejarse del agua fría que salió de la regadera, a pesar de que el calentador estaba prendido a la máxima potencia y que había relativa presión del agua a esa hora.

A partir de ese día me di cuenta de que eran trivialidades todas esas cosas, que realmente no tenía por qué pasármela de amargado, ya que al final me sentí bastante bien y eso ha sido algo que trato de replicar todos los días.

En realidad lo pienso hoy y me parece ridículo. Ninguna de las cosas anteriormente mencionadas son un motivo válido para quejarse, es más, tengo más razones hoy en día para estar molesto pero eso no cambia mi ánimo, porque por lo regular trato de ser una persona feliz, y aunque de vez en cuando suelto una que otra queja por diversas razones, busco que sea solo en momentos muy necesarios, o quizá para concordar con los comentarios de alguien más.

Es un ejercicio bastante simple que deberíamos poner en marcha todos, al menos una vez, sin elegir en especial un día pero sí haciendo el propósito de que pasen por lo menos 24 horas consecutivas sin quejas, para que veamos cómo cambia eso las vibras de nuestra vida y en especial nuestro estado de ánimo.

De hecho, estar de buen humor incluso en momentos incómodos te permite ver las cosas buenas de esas situaciones que no te gustan, hasta terminan pareciéndote interesantes y dejan de ser experiencias desagradables en el futuro, claro que no aplica para todo.

Hoy en día no es como que tenga que aplicarlo siempre, me guardo mis quejas y muestro siempre una cara amable, pero sé defender también mi postura y alzar la voz si es necesario.

No, no es una fórmula sencilla, pero realmente vale la pena intentarlo.

Feliz año 2017, aunque ya haya pasado una semana, espero que todos se encuentren de lo mejor y que este año sea realmente bueno, o mejor al menos que el anterior. Nos seguimos leyendo por aquí, así como en mis redes sociales (rockydriller) y en mi correo electrónico samuel.ochoa@elpueblo.com

Se despide una vez más el ciudadano regular. 




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